12/10/2008

Análisis Tardío


Sé bien, sé bien que estoy en el fondo de la fosa;
que todo aquello que toco ya lo he tocado;
que soy prisionero de un interés indecente;
que cada convalecencia es una recaída;
que las aguas están estancadas y todo tiene sabor a viejo;
que también el humorismo forma parte del bloque inamovible;
que no hago otra cosa que reducir lo nuevo a lo antiguo;
que no intento todavía reconocer quién soy;
que he perdido hasta la antigua paciencia de orfebre;
que la vejez hace resaltar por impaciencia sólo las miserias;
que no saldré nunca de aquí por más que sonría;
que doy vueltas de un lado a otro por la tierra como una bestia enjaulada;
que de tantas cuerdas que tengo he terminado por tirar de una sola;
que me gusta embarrarme porque el barro es materia pobre y por lo tanto pura;
que adoro la luz sólo si no ofrece esperanza.

(Poema Inédito de Pier Paolo Pasolini)






Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 1922-Roma, 1975)
Escritor y director cinematográfico italiano. Estudió en la Universidad de Bolonia e, influenciado por A. Gramsci, intentó sistematizar el hermetismo con el marxismo. Personalidad compleja y provocativa, en su faceta de escritor fue crítico, narrador y poeta, e intentó revalorizar lo popular como vehículo de expresión de la realidad. Son notables los ensayos Sobre la poesía dialectal (1947) y La poesía popular italiana (1960); las antologías Poesía dialectal del siglo XX (1955) y Antología de la poesía popular (1955); sus obras poéticas La mejor juventud (1954), Las cenizas de Gramsci (1957), La religión de mi tiempo (1961) y Poesía en forma de rosa (1961-1964); sus novelas Muchachos de la calle (1955), Una vida violenta (1959) y Mujeres de Roma (1960), y los dramas Orgía (1969) y Calderón (1973). En 1961 inició su carrera cinematográfica, en la que defendió el lenguaje popular y la investigación abierta y adogmática de la realidad. En sus películas inserta escenas líricas con el más descarnado realismo, lo que convierte su obra en una de las más originales de nuestro tiempo: Accatone (1961), Mamma Roma (1962), El evangelio según san Mateo (1964), Pajarracos y pajaritos (1966), Edipo rey (1967), Teorema (1968), Pocilga (1969), Medea (1970), la Trilogía de la vida (integrada por El Decamerón, 1971; Los cuentos de Canterbury, 1972; Las mil y una noches, 1974) y Salò o los 120 días de Sodoma (1975), que iniciaba una nueva fase de autocrítica que se vio truncada por su muerte tras ser asesinado en trágicas circunstancias.






Ruven Afanador





Ruven Afanador es un fotógrafo Colombiano, nacido en Bucaramanga (Santander) en 1958.
Jean-Luc Godard dijo a través de uno de sus más inolvidables personajes: "Fotografiar un cuerpo o fotografiar un rostro son dos maneras de fotografiar un alma". Y Ruvén Afanador sitió desde muy temprano, cuando vivía en Santander (Colombia) y aún no había encontrado respuesta para el océano de inquietudes que le planteaba su sensibilidad alerta, que su misión en este mundo era precisamente fijar recuerdos, recomponer memorias, revivir amores, rostros y cuerpos barrenados por el huracán del tiempo: dar un testimonio sobre las huellas que las almas dejan en la arena, demostrar que salvo estas, los demás rastros del paso del hombre sobre la tierra son fatalmente vulnerables, están destinados a convertirse en neblina.
Su temprana vocación para detectar la belleza y perpetuarla, lo llevó a ser un niño distinto, una criatura proustiana de tierra caliente, que recorría con exultación los salones y campos y habitaciones y rincones y escondrijos de una casa grande e imponente, la gran casona familiar de los recuerdos sensibles, el gran útero de todo lo que vendría luego, orgullosa matrona de piedra de uno de los mejores barrios de Bucaramanga y la estación más violenta de la vida.
Afanador partió hacia un exilio voluntario, no sin nostalgia, con el firme propósito de hacerse fotógrafo y de esa manera exorcizar y sofocar sus fantasmas, sus ángeles y demonios interiores y, sobre todo, el diálogo que los tiempos -pasado, presente y futuro- desatan en el corazón de los artistas, y el que sería letal si no existieran las herramientas del arte.
Se puso en contacto con "la ciudad de las ciudades", Nueva York, con sus movimientos espasmódicos, sus ojos enormes, sus lenguas voraces, sus universos múltiples. La cámara de Ruvén Afanador entró en acción muy pronto, pero, curiosamente, tomando fotos de allá el hombre daba testimonios de acá: el diálogo de los tres tiempos estaba instaurándose.